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Papicha, sueños de libertad

Director: Mounia Meddour.
Guionistas: Mounia Meddour, Fadette Drouard.
Reparto: Lyna Khoudri, Shirine Boutella, Amira Hilda Douaouda, Yasin Houicha.
Título original: Papicha.
Género: Independiente, drama.

La ciudad universitaria de Argel es un lugar peligroso para Nedjma, una estudiante de historia que cree en un feminismo occidental mientras es oprimida por una sociedad cada vez más fundamentalista en la llamada década negra de Argelia.

Nedjma y Wassila son dos jóvenes universitarias de catálogo, a Nedjma le gusta el diseño de modas y tiene un taller improvisado en su habitación compartida en la ciudad universitaria, tiene muy buenas ideas y sus vestidos son ampliamente vitoreados entre sus clientas que le compran a escondidas en el baño de una discoteca, o los comerciantes que engañan a sus clientas diciéndole que son diseños italianos para inflar los precios. Es una joven convencida de lograr sus sueños en su tierra y mira con malos ojos a sus amigos o incluso a su novio cuando le insinúan la idea de escapar a Francia para buscar mejores oportunidades allí.

Wassila por su parte es más rebelde, le gusta la fiesta, el cigarrillo, cantar a grito herido con sus compañeras de habitación, entre las que se encuentra Samira, una muchacha un poco más conservadora, religiosa y prometida en matrimonio, cuyo mayor miedo es tener que dejar sus estudios como consecuencia de su compromiso.

La rutina de las amigas, con excepción de Samira es la misma: Asisten a clases y hacen sus deberes, permanecen en los edificios exclusivos para mujeres, pero rayando en lo clandestino van al centro a vender los vestidos de Nedjma y a suplirse de materiales, pese a la mirada juzgadora del vendedor que no aprueba las andanzas de la protagonista, escaparse en las noches por el alambrado de la residencia donde permanecen confinadas y fingir que un conductor es su abuelo para pasar los controles militares e irse de fiesta a la discoteca en la que Nedjma le toma medidas a sus clientas y regresar en la madrugada. La mayor muestra de rebeldía es llevar el pelo suelto y negarse a usar un hiyab, que, aunque no es obligatorio, comienza a ser cada vez más común en las calles.

Sin embargo, este estilo de vida no es fácil, no sólo deben hacer la vista gorda con aquellos que las miran mal, sino enfrentarse a un grupo cada vez más radical de fundamentalistas religiosos que han desencadenado una guerra civil y una violencia sin precedentes en todo el país.

Los retenes ilegales se encuentran bloqueando las vías, asegurándose de que las mujeres siempre vayan acompañadas por un hombre. Las pancartas en todas partes hablan de la vestimenta de la mujer musulmana ideal, en la que sólo se le ven los ojos. Hombres armados se suben al transporte público a darle hiyabs a las mujeres e instigarlas a usarlo y un grupo de matonas con burka asedia la universidad, entrando a las habitaciones, robando y dañando las pertenencias de las personas con pensamientos liberales, acosando a las mujeres que hablan duro, se reúnen los viernes o estudian lenguas diferentes al árabe, llegando incluso a secuestrar a un maestro de francés en plena clase.  Los asesinatos son el pan de cada día, e incluso los hombres más liberales comienzan a mostrarse violentos con cualquier señal de liberación femenina.

Los personajes son, si bien un retrato de las vivencias de Argelia en los años 90 cuando múltiples grupos violentos y ultrarreligiosos intentaron hacerse con el poder e instalar un califato musulmán con la ley sharía como carta magna, también son un homenaje a todas las mujeres que murieron en esa época, y todas aquellas que pese a la situación se quedaron por convicción para resistir, incluso cuando tenían la oportunidad de huir a Europa donde tenían una mayor calidad de vida asegurada.

En parte, es una historia autobiográfica de Mounia Meddour, Argelina que acabó exiliada en Francia y que relata en su primer largometraje con bastante detalle la situación política de su país hace 20 años, no desde la esfera de los mandatarios o los guerrilleros, sino desde las calles, desde los ciudadanos de a pie, que a fin de cuentas, fueron los más afectados por toda la década que la violencia consumió al país.

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